01.Azul cálido
El tipo apareció en mi vida un jueves cualquiera, yo no veía nada, solo existía como en formol, conservando el tiempo y las emociones en una oscuridad adecuada para que mi espíritu permanezca en perpetua somnolencia. En esa época tenía, como quien sabe poseer de costumbre y por memoria, un amor que se decía amor a sí mismo, para adentro, y contribuía casi sin querer a
helarme los huesos.
Yo pensaba que un enamoramiento tenía que ver con quedarme quieta –tal vez por una mala interpretación de la palabra estable-, que el romance siempre podía sobreponerse al desgaste si me esforzaba lo suficiente, que la pasión estaba sobrevalorada y que eso que titulaban sexo era una cosa exagerada por la cinematografía, pura ficción inverosímil en la realidad completamente alejada de la posibilidad de placer. Pero el tipo apareció en mi vida un jueves cualquiera, y pasó de largo como un ánima, como una sensación paranormal, transversal a mi cuerpo.
A pesar de saberme solo una cabeza flotante, creo que todo empezó en las manos, en los dedos, con el simple acto de pasarme un objeto. Apareció algo que me sorprendió y abrió adentro una sensación de extinción cálida y honda, dejando en ese recorrido un camino blando de puras preguntas. Empezó en el desconocimiento de nombre, en la intuición de presagios.
Mientras tanto como en un montaje paralelo había pactos invisibles que la persona que no me nombraba estaba rompiendo: este otro tipo no me miraba a mí, recuerdo que pensaba desde la cama, sola, recién llegada y con la adrenalina de una bicicleteada a casa en la que no ocurrieron menos de tres gritos acosadores. Él en un bar me besaba a mí, mis manos en sus manos, las besaba y no me miraba más de lo que su vista se distraía para verificar si alguien más estaba prestando atención. Quién era la persona destinataria de su mirada, desconozco. Pero con toda certeza puedo decir que no era yo. Aunque agradecía esa caricia pensando en él, en ese mismo recuerdo empecé a imaginar a alguien más. Es que fueron las manos en donde empezó y terminó todo.
Este otro tipo no hablaba de mí, hablaba de él, para él, pronunciando los bordes de mi nombre. Mientras yo soñaba con un tipo que se presentó en mi vida un jueves cualquiera y me daba culpa soñar. Pero la realidad es que había calor, y yo me moría de frío. Esperaba su contacto con tanta ansiedad que los átomos entre su piel y la mía se volvían locos, ponele, en mi imaginación así se hace presente. Porque pienso en lo fino que siempre nos separaba, cuando justo nos apoyábamos en el mismo lugar dejando ese centímetro de distancia, cálida, tan cálida que hasta daba gusto no tocarlo. Pude haber sido solo yo la que pensaba la mejor manera de quedarme cerca, la forma más excitante de mantenerse a corta distancia pero las escenas se repetían: descansaba el cuerpo en la mesa, estiraba el brazo, la mano, los dedos, los relajaba esperando que este tipo en algún descuido de complicidad, como algo cotidiano y normal me toque. Y tenía premoniciones porque siempre su mano caía en la mía y sin pedirlo, finalmente, me tocaba.
Es cierto también que el tipo que apareció en mi vida un jueves se habrá ido un viernes y yo quedé perpetuamente marcada con una sensación que cada cierto tiempo y de manera inesperada me recorre, siempre con la misma intensidad. Ahora solo puedo culpar a las bajas temperaturas cuando en la carne se me clava un anhelo, un deseo de ardor vivo. Un cobijo de los inviernos que se me acerque por la espalda mientras yo disimulo que tiemblo, un calor amplio lleno de recovecos donde esconder las superficies, un calor con altura donde de verdad entre, una ola que me empape entera, que salga de la nada y se quede suspendida para mi comodidad, un espacio inesperado de cortocircuitos que no me permita una cotidianeidad.
Ese tipo me dejó una manta que me persigue la piel, un fuego inverificable, y redefiniciones de algunos conceptos, como por ejemplo: ahora pienso en sexo y me acuerdo de sus manos, de su nariz oliendo mi bufanda cuando pensabas que no lo miraba, de mi intención de encontrarlo en ella después de que la usaba. Me acuerdo de su piel eléctrica, de su ropa holgada. Me acuerdo de su mirada.